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Mostrando entradas de marzo, 2018

Trump desprecia la ciudad de Toledo

La capital de Castilla-La Mancha ha amanecido hoy con un terrible pitido de oídos. A primera hora de la mañana, europapress informaba de las palabras de desprecio vertidas por Trump sobre la ciudad de Toledo. Afortunadamente, todo se aclaraba minutos después, cuando la agencia de noticias se disculpaba por el error y aclaraba que el autor de las declaraciones era un primo ceramista de la familia del presidente, vecino de un pueblo cercano, enfrentado de por vida a nuestra ciudad hermana en Estados Unidos. Una buena oportunidad para recordar que la correcta pronunciación de esta ciudad, que además da nombre a una de nuestras céntricas calles, es "Toledo (¡Ojaio!)".

Una marcha imperial para una ciudad imperial

Esta semana los diarios nacionales sorprendían al país con la repentina prohibición de la marcha nupcial en las bodas celebradas en la ciudad de Toledo. El pleno del Ayuntamiento ha aprobado por unanimidad la propuesta presentada por el colectivo Reverso Tenebroso ya que considera que "lo más adecuado para una ciudad imperial es una marcha imperial". De este modo, el momento crucial de las ceremonias será la entrada del padre de la novia con el rostro cubierto y su posterior descubrimiento. Asimismo, en los enlaces religiosos se sustituirá el tradicional "la paz sea contigo" por la fórmula "que la fuerza te acompañe", con el fin de dar una mayor coherencia a dichos actos.
me pregunto qué hice con tantos días vividos no me respondo en el silencio de la noche dejo de luchar no pienso en el ruido de la noche solo bailo no pienso camino por calles estrechas solo bailo en mi habitación primero dejo de luchar más tarde en tu casa me pregunto qué hice tantos días sin subir las persianas mi corazón temblaba y temía morir arrastraba mi cuerpo enfermo mi mente enferma ahora dejo de luchar no quiero pensar solo sentir el viento del invierno solo desear hermosas historias con hermosos comienzos quiero que mi cuerpo deje de temblar que no me obligue a suspender más vuelos aterrizar y mirarme con ternura ahora solo quiero dejar de luchar no quiero pensar vivir noches de aventuras es momento de arriesgar de reunir fuerzas para poder decidir de elegir por mí de sorprenderme me pregunto qué hice cuánto tiempo he perdido ahora dejo de luchar: es momento de comprobar que  ha merecido la p...

días de ida, días de vuelta

te gustaba ver sin mirar sobre muros de niebla abstraerte con facilidad y perderte en tus corrientes mientras arrastrábamos con ardor los cuerpos y así viajar sin dinero y ahorrar en lecturas me gustaba ceder a tus dulces amenazas a tus labios con historia herencia de mamá y cargados de munición infinita me gustaba encontrarte entre remolinos rendirme a tu arte silbando y a la danza marchita de tus pies de otoño en aquellos días de calma hoy te marchas con varios caza-mariposas en busca de cualquier antídoto contra la rutina y un reloj que ya no da las horas que no da para más asoma tímido bajo tu abrigo llevas los zapatos llenos de barro la noche entera se ha derramado en forma de lluvia junto a los últimos días pesados y los tonos grises de tu bufanda recorres en tranvía la ciudad entera buscándote sin lograr escapar por completo a tus propios finales

Ya no queda bosque

Ya no queda bosque. Había árboles vivos que crecían sin parar. Hoy solo se acumulan unos troncos apilados como cañones. Deseos amontonados, tumbados boca abajo o mirando al cielo, al sol de invierno, a la lluvia que inunda el comienzo de la primavera. Desconozco el tiempo que llevan inmóviles, sin dar voces. Solo susurros. Conozco la soledad de separarse de las raíces. Madera cortada y seca. Madera talada. Madera apilada para hacer papel. Papel malgastado una y otra vez. Madera que arde. Madera que calienta en la chimenea. El alimento del fuego. Madera que aún conserva su corteza de células muertas, que no desea deshacerse de ella. Hoy sumergimos nuestros cuerpos en su mar eterna de anillos concéntricos. Nos sumergimos y nos quedarnos dentro. Nos transformamos en antiguos juguetes atrapados en sus líneas más oscuras, empapados de su zona más seca, en el mismo centro del color negro o del gris que da nombre al día. Si queremos divertirnos, habremos de arrancarnos la corteza y correr el...
A través del retrovisor, no logro encontrarme. Nuestra primera colisión parece demasiado alejada. No creo que sea buena idea desenterrarnos. Celebrar y recalentar otra última cena de despedida. A través del retrovisor, entreveo un granizado de asteriscos. Qué rápido ardieron. Qué rápido se emborronaron aquellos juegos como el de los pasos de cebra rodeados de cocodrilos. Qué rápido desalojé de mi casa aquellos prometedores comienzos de curso, como fulminantes y metálicos relámpagos. Forcé tanto el olvido, que recuerdo perfectamente el escondite. Fue la única manera que entonces conocía de salir vivo. Matar las yemas de los dedos. No pensar demasiado. Apartarme de las carreteras recorridas tatuadas con tu nombre. Hacerme creer que aquello nunca llegó a ocurrir.
Me apuntan cañones en la distancia. Lucho por escapar. Escupen entonces fuegos de colores naturales. Arreglo las goteras de mi casa. Trato de limpiar toda la chatarra espacial de mi órbita. Solo un rastro de naufragio adherido a mi piel. Lucho porque quede atrás el tiempo de los ojos deformantes. Me mira y no dice nada. Me observa y machaca todos los relojes. Me escucha y concluye que la risa tonta es sagrada. Me dice que hago que la compañía sea nueva cada vez. Me mira y no dice nada. Comenta que suele llegar siempre a tiempo. Me mira y se desvanece toda huella de dolor. Me coge de la mano y la sangre hierve. Me abraza y amanecemos fiebre.

Cumpleaños

Masticabas chicle con energía mientras repasabas tus apuntes. Terminaban tres intensos minutos de magia en tus auriculares cuando bajaste las escaleras y plantaste tus zapatillas rojas en el vestíbulo de la residencia de estudiantes. Salías con tiempo de sobra, camino de la facultad.  Tu mirada no se clavó en los adoquines, a pesar de acumular tantas noches en vela.  Noches en las que el agotamiento daba paso al único descanso del día: unas pocas horas de sueño para adormecer exámenes.  Sabía que aquel día sería diferente.  Comprendí entonces que   con la cabeza agachada no se alcanzaba ningún sueño,  por pequeño que fuera .   A lfombrado de otoño te recibió el campus aquella mañana.  Cumplías diecinueve años.