Masticabas chicle con energía mientras repasabas tus apuntes. Terminaban tres intensos minutos de magia en tus auriculares cuando
bajaste las escaleras y plantaste tus zapatillas rojas en el vestíbulo de la residencia de estudiantes. Salías con tiempo de sobra, camino de la facultad. Tu mirada no se clavó en los adoquines, a pesar de acumular tantas noches en vela. Noches en las que el agotamiento daba paso al único descanso del día: unas pocas horas de sueño para adormecer exámenes. Sabía que aquel día sería diferente. Comprendí entonces que con la cabeza agachada no se alcanzaba ningún sueño, por pequeño que fuera. Alfombrado de otoño te recibió el campus aquella mañana. Cumplías diecinueve años.
vibran las oraciones pero no abrigan las palabras la luz es frágil y tiembla, sólo la sangre arde violenta desde el cuello hasta el rostro derruido el corazón es la mancha más oscura en este cuerpo las lágrimas purgan, no sana el humo que despido la belleza reside ahora en pequeñas flores rotas a partir de la nada comienzo a creer en la búsqueda a aprender que sólo el saber puede salvarnos no descanso, no abandono, no soy carne muerta atravieso las sombras con la levedad del rayo me elevo por encima del polvo sucio que mordemos y soy silencio y soy ruido y silencio y ruido y soy sueño también aquí alcanzo al fin el génesis, en cualquier parte y en todas me sumerjo y brillo en la bolsa de las aguas ya no hay marcas ni hay herida, todo está iluminado
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